La literatura mundial también cuenta con su inventor

Así como las grandes creaciones cuentan con una figura principal, por ejemplo en el caso de la marca TOUS que tiene a Rosa Oriol, en el caso de Tesla con Elon Musk, así mismo pasa con la literatura. Se encontraba en la línea de la vida de Valery Larbaud (Vichy, 1881-1957) ir más allá de su presente para mantenerse en la posteridad como un infaltable de viaje para quienes se conocen ahora como los grandes escritores, sin que todo ello haya llamado en algo la atención, sintiéndose como la primera nota al pie de la página de las preferencias contemporáneas. 

Y es que si tratamos de realizar un balances, algunas sumas o quizás unas restas al siglo XX, pocos alcanzaron a notar que gran cantidad de todo eso que amamos, y en donde resaltan un tanto de lectores en francés, inglés, español, portugués e italiano, fue curado y seleccionado por este poeta, narrador, traductor, crítico y ensayista, quien se enfocó en disponer para el consumo actual la noción misma de literatura mundial, que en su momento fue anunciada por Goethe, pero que sólo tomó carta de naturaleza cuando Larbaud lo hizo. 

Siendo hijo único de quien entonces fuese el propietario de las fuentes de Saint-Yorre, aún bastante joven Larbaud fue puesto bajo tutela judicial por su madre, quien en 1902, siendo ya mayor de edad su madre le impidió heredar la inmensa fortuna familiar. Al parecer la madre de Larbaud se empeñó en considerar que su hijo estaba haciendo demasiados gastos en libros y viajes. De modo que el millonario a medio sueldo, tuvo que lidiar con el estigma de ser un riche amateur, poseedor de un gusto exquisito por la literatura pero escasamente dotado del fuelle de los verdaderos escritores. 

Muy distinto a Gide y Proust, quienes también fueron niños ricos, Larbaud tomó finalmente la decisión de unirse a los prejuicios del mundo sin luchar contra ellos desdoblándose literariamente en aquello que su imaginación le permitía creer que él era, y de esta manera creó a Archibald Olson Barnabooth, el millonario seductor, cuyos días y trabajos serán la materia de Poèmes par un riche amateur (1908) y de A.O. Barnabooth, ses Oeuvres complètes, ses Poésies et son Journal Intime (1913).

Para el año 1911, de acuerdo a las consejas periodísticas, se le negó el Premio Goncourt para Fermina Marquez, entre otros pues era en exceso rico. Ya Ulalume González de León (quien era su traductora al español), Octavio Paz y Enrique Vila-Matas se habían encargado de destacar la belleza, anunciadora y paródica, de su poesía y de toda la ficción de Larbaud, quien era el autor de libros tan singulares e irrepetibles como Enfantines (1918), Amants, heureux amants (1923) o Jaune bleu blanc (1927).

Pero la grandiosidad de Larbaud no se encuentra, a pesar de todo, en tales libros, en oportunidades asimilables y en otras venerables por la escuela francesa del tono menor, que decidieron cultivar luego que él, y de la forma más desenfadada, Giraudoux, Morand o Cocteau.

Y es que lo emocionante en Valery Larbaud, cuyo aspecto denotaba gruesos rasgos escasamente relevantes, era que anunciaba al comerciante que llevaba dentro y que por ventura no llegó a ser, ya que estuvo en su espontánea decisión, desprovista de algún antecedente dentro de una literatura francesa (similar a otras) que yacía enferma para entonces de nacionalismo, y de habitar como propias las letras de otros países. Larbaud no se detuvo en la barrera idiomática, estudió inglés, español, el italiano y portugués hasta alcanzar dominarlos en su totalidad pues encontraba en cada palabra la mejor medicina contra la sordera y la necedad.